Adriana Sánchez

  Pecera.

 Adriana Sánchez, feminista, chef y escritora costarricense, le gusta tener las Manos en la Masa, es amante del fútbol, es su Pasión. Su pluma  descoloca y su cuchara deleita... y viceversa.

 Antes de las explosiones devastadoras hay un momento de silencio y calma en el que el sistema se traga a sí mismo. Es un micro segundo: el sistema se succiona a sí mismo y luego cede, ocasionando una onda expansiva. Estamos en Pecera, el 5to episodio de DeleViaje, y eso es justamente lo que está sucediendo. Todo lo que no se ha dicho todavía, lo que está por decirse, pero aún espera su momento, se va amalgamando en una gigantesca bola de pólvora que está a punto de estallar.

 Desde el primer capítulo, la atmósfera sicológica de la serie me remitió justamente a una pecera. Lametáfora parece obvia pero no por eso es sencilla: el pez da vueltas sobre sí mismo, colisionando contra el cristal. Sabe que hay algo ahí afuera. O tal vez no lo sabe. Lo que sí tiene claro es que su realidad, contenida por las paredes de la pecera, lo sobrepasa. Está encima, debajo, a los lados. Lo rodea por todas partes. Tal vez hay algo ahí afuera, pero los personajes están todos contenidos dentro de sus propias peceras mentales.

 Buscamos un perro muerto. Besamos a un amigo. Nos conformamos con el beso de una amiga porque no tenerlo es más doloroso. Evadimos aquello que dejamos en suspenso en otra parte (nosotros mismos). Desarrollamos una narrativa imposible, en la que las expectativas se convierten en “lo que es real” y no dejan cabida a lo que realmente tenemos ante nuestros ojos.

Todos menos Pupis. Pupis se prepara para romper el cristal, porque este orden en el que “todo sale mal, todo está mal”, no puede ser el orden correcto. Ella sabe que cuando un organismo tiene variables extremas le provoca rigidez a todo el sistema. Y luego de su sueño revelador parece  estar dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias. En la playa está Rocío, tratando de encausar energías, haciendo las preguntas que nadie más quiere hacer. Ellas se encuentran tirando de las paredes de “la pecera”, el sistema dentro del cual se desarrollan las historias de la serie. La perspectiva de la alteración del sistema es aterradora y tiene al resto de los personajes paralizados. “Esto es lo que hay”, parecen decirse. Y lo que hay está bien, aunque duele, porque es el lugar que conocemos. Y lo que no conocemos podría estar mejor, pero no sabemos y qué miedo ir a ver…

 

 

El silencio y el escándalo oscilan de un personaje a otro en la figura de Beto, que necesita el ruido para sobrevivir a su presente. Beto hace ruido para no escucharse a sí mismo. Pero tal vez la pecera más impresionante de toda esta temporada sea la del Negro. El negro tiene puesta la camiseta de la selección internacional de hombres cisgénero que hacen lo que tienen que hacer y le demuestran a todo el mundo, constantemente, que saben lo que están haciendo, aunque por dentro saben que sería más bonito, más chiva, vivir la vida que uno quiere vivir, sin andarle rindiendo cuentas a nadie. En la gradería está la afición, apoyando al equipo. Todos, menos Le. La voz de Le se eleva por encima de todas las voces: es la voz que le recuerda al Negro que su secreto no está a salvo. En Le se conjugan todos los “deber ser” del Negro: todos los qué dirán. El mecanismo de control del sistema es, por excelencia, el miedo a no pertenecer. A quedar por fuera y ser diferente. Quedar por fuera, solo. En el sistema el principio de coexistencia se extiende a todos los ámbitos: las decisiones que tomamos y las que no tomamos, esas que generan ruidos ensordecedores que no nos permiten escucharnos a nosotros mismos.

 

 

Y en este escenario aparece el deseo de normalización a toda costa. Un deseo meta ficcional y aterrador. No pensar, no sentir. Un deseo de automatización, un choque de mecanismos. Ahí comienza la guerra: por un lado, el catalizador de la Pupis al que le falta una pieza, esa que conecta el corazón con la mente y elimina la rigidez del sistema. Por otro lado el silenciador: la promesa de que vamos a acabar con las preguntas incómodas. Con las respuestas duales. La promesa de la “normalidad”, de la pertenencia. No sé adónde nos va a seguir llevando esta temporada de DeleViaje pero la atmósfera actual es extraordinariamente densa. La serie se va consolidando como una apuesta arriesgada, aventuradísima, muy atípica en la escena local.