Fo León

 

  

Fo León: Gestor cultural. Responsable de Perra Pop, proyecto de difusión y memoria histórica de música alternativa costarricense, que abarca radio, conciertos y publicaciones. Editor de la sección de música de Revista Vacío.


¿Hay alguien feliz en Dele Viaje? El país más feliz del mundo parece que no

 Es imposible ignorar los ecos políticos en la vida de Dele Viaje. Cuando nace la serie en el 2012, fue en medio de uno de los Gobiernos que más confrontación social provocó en los últimos veinte años. Marchas y bloqueos eran cosas regulares, como lo era la fuerte presencia policial. Dele Viaje surgió como una burbuja de esperanza, un espacio repleto de buena vibra que le recordaba a la audiencia que tenía en sus manos el poder de decidir, de crear cosas nuevas, de soñar con espacios diferentes.

 

 

Cuatro años después, muchísimo ha cambiado. Muchos asumimos que amarrar algunos cabos sueltos nos iba a garantizar un “felices para siempre”, pero no fue así. Dele Viaje se nos presenta como las consecuencias de un camino que ha sido decidido y determinado por nosotros, pero donde los personajes tienen que asumir el precio y el trabajo que implica ser felices. No basta con tomar mejores decisiones una vez, se requiere trabajar y luchar constantemente, sólo así garantizamos nuestra felicidad.

Este capítulo empieza con llamados sin responder. Cami le pide auxilio a Beto y Macho para buscar a Bagheera, y Beto -completamente despierto en su cama- la ignora. Beto está totalmente consciente del momento que ella vive y su rol en esto, pero está paralizado, y su silencio le roba la paz -y la verdad- a Cami. Como espejo tenemos a Carlos silencioso en su cuarto, donde ha estado ignorando los llamados de Le, quién acaba de fallar la prueba de manejo. Tanto Le como Cami ocupan un amigo en este momento, y tanto Carlos como Beto -y de rebote Macho- están demasiado envueltos en sus propias penas para poder salir de su burbuja y estar ahí para quienes los necesitan. La reacción de Le ante su prueba de manejo resuena como un coro griego para las vidas de algunos personajes: “¿Por qué frené? ¿Por qué siempre hago lo mismo?”, ilustrando la parálisis mencionada. En lo que parece un breve momento de ruptura, el beso esperado finalmente sucede: Le y Carlos -que debió hacernos celebrar, tal cual gol de la Sele, pero no-. Sucede en el peor momento posible, enmarcado por la angustia y duda que se desarrolla dentro de Carlos. Es una derrota disfrazada de triunfo, y más que un valiente paso al frente, el beso de Carlos parece más un salto temeroso hacia atrás. Le Vargas puede sentir que algo no está del todo bien, y la invaden preguntas que esencialmente resumen el dilema de la masculinidad arquetípica costarricense, que venimos discutiendo desde Salazar Herrera: “¿Por qué Carlos nunca dice cómo se siente? ¿Qué es lo que realmente quiere?” Subrayando el contraste ante ambas situaciones, volvemos a la desaparición de Bagheera, donde la búsqueda inútil de Cami es un espejo de la búsqueda de respuestas de Le. Ambas armando un rompecabezas sin saber que ni siquiera cuentan con todas las piezas necesarias.

La historia de Pupis tiene uno de los elementos más importantes no sólo del episodio, si no de lo que parece estar desarrollando la segunda temporada en general. Su lista de frustraciones describen a la medida los cambios laborales y sociales de los últimos treinta años, y que definen a esta generación: trabaja el doble que antes (1985) y gana la mitad, y no tiene las herramientas académicas para insertarse en un mundo mega competitivo. Está consciente de que algo cambió en el pacto social, en lo que hacía posibles las vidas de sus padres y sus abuelos, y que esa diferencia está definiendo el fracaso de su propia búsqueda de la felicidad… pero no se rinde y responde de la única forma que sabe como: armando una máquina, un catalizador, que cambie la negatividad por energía positiva y que nos haga mejores personas. Para Pupis esta presión por la competitividad no es realmente el problema en sí, sino que es solo un síntoma de un mundo que ha perdido el color en los últimos treinta años. Pupis es el único personaje que vive en un mundo post-cinismo y que puede detectar que todo el mundo de Dele Viaje está hundido en negatividad. Es nuestra cómplice, y la única que literalmente siente que la respuesta a todo está en sus manos. La máquina de Pupis no funciona como ella desea, y eso es un hermoso paralelo para las búsquedas de las demás mujeres en la serie.

Retomamos el hilo de Le, ahora en su trabajo, donde le cuenta a Gaby lo que pasó con Carlos. Una vez más vemos en acción los elementos estéticos que están definiendo esta segunda temporada: tomas extendidas que recargan todo su peso sobre la química innegable del elenco y el uso de una paleta fría y controlada, mientras la vida interna de los personajes navega la incertidumbre. Estas decisiones se alejan del lenguaje pop “YouTubero” de la primera temporada y acercan más a la serie al videoarte y al cine menos comercial latinoamericano, junto con su soundtrack espartano y minimalista. Gaby se emociona ante la historia y obliga a Le a celebrar. Por las ventanas, distantes, vemos la felicidad ajena de Gaby y Le, y sólo nosotros -representados en esa distancia subrayando nuestro rol de observadores- sabemos que esa felicidad está construida sobre supuestos que pueden probar ser falsos.

Dentro de toda esta oscuridad, podemos a la vez intuir un futuro más brillante para muchos de los personajes. La ayuda incondicional y dulce de Rocío , -quien se solidariza con Cami-, el interés genuino de Gaby, la promesa de empatía que guarda Enrique Lin para Pupis, sea sobre asuntos físicos o metafísicos... todas son promesas de conexión, que eventualmente pueden ir aclarando el mundo de los personajes, pero que van a requerir esfuerzo para concretarse.

Los años no pasan en vano. Gracias al mejor financiamiento, y al crecimiento profesional de la producción y el elenco, todo está más pulido. A nivel temático, el desarrollo de los personajes es más ambicioso, sumergiéndonos en aguas profundas. Esto no viene sin un costo, sin embargo. La narrativa se ha vuelto descomprimida, y superficialmente parecen suceder menos cosas en cada episodio, aunque la vida interior los personajes construye complejidades riquísimas -inusuales para la televisión local-. Esta evolución requiere un mayor compromiso de parte de la audiencia, acostumbrada al tono ligero y al ritmo más breve de otras producciones.

Más que un segundo capítulo, esta temporada de Dele Viaje se lee como un segundo libro que arma sobre el primero. No es sólo una continuación del trabajo anterior, si no un reacercamiento a lugares conocidos y familiares, desde puntos de vista frescos y más maduros. Se siente más como la expansión de un universo -físico y emocional-, como un río que nos lleva hacia mar abierto.

Dele Viaje no tiene tiempo para nostalgias ni parálisis. Dele Viaje es sobre el cambio, sobre aceptarlo tal cual, o aprovecharlo para generar cambios más favorables, pero navegar el cambio al fin. Luchar por mantenerse en el pasado es inútil.